El Planeta Caleido
Un día como cualquier otro, en que el viento susurraba entre medio de las ventanas semi abiertas de las casas, asistí al surgimiento del planeta Caleido. Yo había estado haciendo alguna de esas típicas cosas que se hacen cuando tienes tiempo de ocio, algo que en apariencia no es importante pero que después de un tiempo se le da un cierto sentido.
El planeta Caleido apareció de pronto en medio del universo, al principio se veía como un solo puntito de suave y tenue luz, daba la impresión que estaba muy lejos y solitario. Al principio no sabía si acercarme, no sabía si los seres que pudiesen habitar ese planeta se sintieran abrumados e incomodados con mi presencia, después de todo, yo era una extraña. Tampoco se podría decir que era una de esas extrañas que pasan desapercibidas, puesto que mi excesiva curiosidad y, sobretodo, las ansías de mis ojos (a veces) pueden parecer molestas o perturbantes a algunos seres. Sin embargo, con el tiempo, sentí cada vez más curiosidad por saber que era lo que había, cómo eran sus ciudades y sus civilizaciones. De poco en poco me fui acercando cada vez más para intentar distinguir quienes vivían allí, solía apoyarme en aquélla atmósfera que le rodeaba, hasta que un día caí dentro del planeta.
Un poco aturdida y algo adolorida me puse de pie, descubrí que tenía cuerpo, lo había olvidado después de tanto tiempo observando hacia el interior de Caleido (o intentando mirar), también me di cuenta que llevaba una larga y grisácea túnica, con unas largas mangas abiertas en los brazos y aunque descalza me sentía bastante cómoda con aquél vestido, sus pliegues me hacían sentir abrazada por la tela y esa sutil calidez me producía una especie de ternura muy dulce y suave.
Miré hacia alrededor y descubrí una ciudad, sus estatuas parecían todas mirar hacia el cielo, las baldosas frías y algo polvorientas me parecían cómodas; al dar pasos algo del polvo se levantaba y volvía a caer dando un hermoso y nostálgico espectáculo. En el centro de esa silenciosa ciudad se encontraba una gran fuente de la que no fluía agua, en su lugar una enredadera se había apoderado de ella y le abrazaba como consolándole, al querer llegar a ella me percaté que la ciudad ya no estaba acostumbrada a ser habitada, los espacios y las estatuas se habían acercado tanto para hacerse compañía que casi no podía avanzar entre ellas.
Me subí a la fuente y pude contemplar con cierto asombro el inocente abandono en el que se encontraba. Las construcciones todas de una piedra algo gris habían resistido con algo de fuerza el paso del tiempo, pero como muchos saben, el tiempo es el único al que nunca se le puede detener su paso. Inevitablemente les había hecho ceder y les había derribado partes de ellas, ahí regadas en las baldosas estaban esas partes y yo, de pie sobre la fuente, me preguntaba cuánto de caleido sería así... como una ciudad en ruinas.



