Cristales de nácar
Corría. Atravesaba las gotas que la lluvia arrojaba con furia contra su piel, contra su compungido rostro, contra su preocupada frente, contra sus temblorosas manos que apenas podían sostener el paraguas y que justo cuando cruzó la calle lo dejó caer para alivianar su peso. Unos minutos después el paraguas moría pisoteado por un camión que llevaba almohadas en su interior, esas que usaría una cabeza para apoyarse y quizás pensar en el día siguiente o tal vez sólo dormir. Pero estas cosas él no las pensaba, su mente era un torbellino de ideas revueltas y sus pies no alcanzaban a recibir las órdenes del cerebro para moverse simplemente lo hacían, con rabia contra el pavimento, tremendamente mojados y embarrados.
Hacia unas horas atrás esos mismos pies, dentro de aquéllas botas, habían estado aferrándose a las costillas de un hermoso caballo e incluso su mente había estado completamente pendiente en la velocidad del tiempo, la distancia frente a las vallas y la altura de las mismas. Él no podría habérselo imaginado, por esa misma razón no portaba su celular sino que lo dejó en el camerino junto a su ropa de trabajo, la que ahora se mojaba y embarraba sin importarle ni un poco.
El semáforo se puso en rojo y lo obligó a detenerse, se encorvó hacia adelante con la respiración agitada y aprovechó de descansar un par de segundos, pero con la atención fija en las luces frente a él para que apenas surgiera el verde correr nuevamente y si hubiera podido incluso volar. Posó su mano sobre su pecho y pudo sentir el veloz palpitar de su corazón, que más que un músculo vital tenía más el sonido de un tambor africano en medio de un ritual hacia la pachamama. Los autos pasaron frente a sus ojos con una velocidad comparada a la de una hormiga, pero esta era la irrealidad de su agitación puesto que 60kms. no es la que tendría tal insecto, sin embargo los odió por ir tan lento y si no se hubiera sentido tan cansado seguramente les hubiera gritado alguna cosa.
Verde. Apenas si vio el cambio de color y ya estaba al otro lado de la calle, doblaba por la primera que encontró hacia la izquierda y buscó con la vista algún taxi que lo pudiese llevar a su destino, pero notó con desprecio el embotellamiento en el que se encontraban malhumorados los conductores y consultó el reloj, calculó la distancia a la que se encontraba y respiró profundamente, también suspiró resignado, para luego seguir en su carrera. Al cruzar la siguiente calle le arrebató de las manos un paquete que llevaba un vendedor y arrojó en el aire unos billetes sin decir absolutamente nada, siguió corriendo mientras colocaba el paquete dentro de su bolso.
Unas semanas antes también había tenido que correr de una manera parecida, pero no había sido nada comparado a cómo estaba corriendo ahora, había tenido que hacerlo para alcanzar un autobús, que lo llevaría a la estación de metro, que lo dejaría justo en la parada del bus que lo llevaba en el aeropuerto. Pareciera absurdo que se tuviera que hacer tantas combinaciones y cambios de transporte para poder llegar a un lugar, pero en algunas ciudades eso ocurría y en Santiago, de Chile, eso era bastante común. También estaba la opción de contratar un transporte privado pero esa vez él olvidó hacer la reserva y tuvo que hacer esa ruta inevitablemente. Mientras corre piensa en ello y lo recuerda, se siente un poco estúpido porque creyó que nunca más tendría que hacer algo así, pero ahora lo está haciendo. Corre y no puede detenerse, no ahora, no en este momento.
Las puertas se abrieron frente a él justo en el momento en que puso uno de sus pies frente a ellas y una señora le gritó que no podía entrar en ese estado, que no estaba bien pero él... no se detuvo. Corrió por el pasillo mirando los números, buscaba el 127, pero en ese piso no estaba. Optó por las escaleras, no estaba para esperar el ascensor y al encontrarlas subió corriendo por ellas. La señora le buscaba sin encontrarle en el primer piso y después de unos minutos se rindió y volvió a la recepción. Por fin, él encontró el 127 y entró pero no había nadie en esa habitación. Desconcertado miró alrededor sin saber que hacer, estaba aturdido y entonces vio una cara conocida que le informó que el número que debía buscar era el 304, apenas si le dio las gracias y emprendió una carrera hacia las escaleras y subió a zancadas los dos pisos que lo separaban de ese número.
Llegó frente al 304 y respiró profundamente, se acomodó un poco el cabello y abrió la puerta. La imagen que observó lo dejó sin habla, entristecido y resignado, miró el suelo, dejó el maletín al lado de la puerta y se lavó las manos y la cara. Se regañó mentalmente por no haber corrido más rápido, por no haber estado ahí y se dio un fuerte golpe en la cabeza, que sí le dolió. Se cambió la camisa y se olvidó de cambiarse el calzado. Se sentó mirando con algo de intriga la imagen, no sabía los detalles, sin embargo se sentía impactado, sin aliento y con unos abrumadores deseos de llorar.
Los ojos cerrados del cuerpo que estaba sobre la cama, se abrieron lentamente y susurraron su nombre. Respiró profundamente y se acercó tembloroso y un poco tímido a la cama. Miró con intensidad los ojos débiles y cansados que le observaban, olvidó todo su cansancio en un segundo, en ese en el que supo que tenía una hija.




Comentarios sobre Cristales de nácar
solo curiosidad, lo has escrito tu???,
esta espectacular.
atte: Nedge.
Pues sí, lo escribí hace unas cuantas horas atrás. Mmm... también te he visto en el otro blog nuevito que cree. Te has condenado solo eh... pq también te visitaré. *sonrisa malévola* muhahaha...
Un gusto verte por aquí. ^^