El Castillo de Cristal
Habita un desierto de arenas azules esos extensos terrenos donde encontré de pronto y frente a mí un misterioso castillo de diáfano cristal. Sin puertas, ni ventanas y en vaga apariencia deshabitado y abandonado. Quizás las arañas y el polvo le habían olvidado, creyendo que la compañía de esas arenas y nubes bastaban. Todas sus torres herían al cielo con sus filos triangulares y brillaban bajo una misteriosa luz cuya procedencia era desconocida. ¿Acaso los insectos le temían?
Arrojado en medio de la nada, olvidado, exiliado de las ciudades, destinado a padecer la soledad casi silenciosa de la brisa. Sus paredes poseían un frío que palidecía la piel y que rajaba de manera ardiente la dermis, escociendo las heridas como infectadas de ausencia y vacío. Una mañana completa estuve observando el castillo de cristal, una mañana llena de nubes y sin aves, sin voces a lo lejos, sin el rumor del agua. Incontables eran los pasos necesarios para rodearle, como las fisuras y las irregularidades en sus translúcidas paredes. ¿Acaso el tiempo existía en Caleido?
Inquieta y curiosa, hipnotizada por el brillo cruel de su materialidad abrí los labios y quise gritar para que surgiera una puerta, o tal vez una ventana, para ingresar en su interior pero mi voz no surgió y noté como el silencio se había apoderado de mi respiración, de mis latidos, de mi sangre al correr por mi cuerpo. Giré molesta y con rapidez dándole la espalda enfurecida de no poder conocer esos rincones, caprichosa, casi iracunda y mi cabello golpeó esas paredes infértiles. Y como atraído por una fuerza poderosa el cristal comenzó a surgir de entremedio de las paredes envolviendo un mechón de mi cabello y haciéndome temblar. ¿Acaso le había ofendido?
Extrañamente el cristal se trizó y se derritió dejando salir un viento frío e intenso como invernal. Mi cabello libre nuevamente se sentía diferente y mojado, sin embargo eso no me desalentó y me deslicé con cuidado en su interior. Por sus pasillos el agua se deslizaba y evaporaba al llegar al suelo. Mis ropas se volvieron todas blancas y mi piel comenzó a palidecer con rapidez pareciendo pronto un ser espectral cuyos reflejos se movían entre los cristales que le rodeaban. Un tímido "hola" se deslizó entre mis labios y esperó, tan sólo unos segundos pasaron y luego una oleada de "hola" semejantes al mío pero con otros tonos de voz se escucharon como eco entre medio de las inquietantes paredes. No eran míos, pero eran míos... ¿o no?
Una figura corrió por mi lado con un vestido blanco y una piel pálida casi haciéndome caer. "¡Espera!" - grité, o eso intenté hacer, mi voz sonó melancólica y opaca, apagada y casi chirriante. Me llevé las manos a los oídos y temí, todos los pasillos eran iguales y mi voz me hería. Caminé hacia la dirección que se fuese la figura y anhelé por no convertirme en un espectro olvidado, exiliado, en medio de la nada. ¿Acaso había pensando en volver sobre mis pasos?
Encontré finalmente el centro del castillo, el cual más bien parecía ser una pirámide equilátera pero en un mundo lleno de realidades, lo que la llevaba a no ser realmente perfecta, y eso me hacía sonreír un poco. Una voz chirriante me saludó y me llevé las manos a los oídos reflejamente, miré alrededor y vi frente a mí con asombro los ojos penetrantes y oscuros del ser frente a mí. Sus cabellos mojados y negros se veían escarchados y opacos, tiesos y daba la impresión de poseer cierto filo. Me apoyé en el cristal que nos separaba y un hermoso corte recto se dibujo en mi mano obligándome a retirarla con asombro mientras la figura reía y corría hacia otra dirección...



