Corría. Atravesaba las gotas que la lluvia arrojaba con furia contra su piel, contra su compungido rostro, contra su preocupada frente, contra sus temblorosas manos que apenas podían sostener el paraguas y que justo cuando cruzó la calle lo dejó caer para alivianar su peso. Unos minutos después el paraguas moría pisoteado por un camión que llevaba almohadas en su interior, esas que usaría una cabeza para apoyarse y quizás pensar en el día siguiente o tal vez sólo dormir. Pero estas cosas él no las pensaba, su mente era un torbellino de ideas revueltas y sus pies no alcanzaban a recibir las órdenes del cerebro para moverse simplemente lo hacían, con rabia contra el pavimento, tremendamente mojados y embarrados.
Hacia unas horas atrás esos mismos pies, dentro de aquéllas botas, habían estado aferrándose a las costillas de un hermoso caballo e incluso su mente había estado completamente pendiente en la velocidad del tiempo, la distancia frente a las vallas y la altura de las mismas. Él no podría habérselo imaginado, por esa misma razón no portaba su celular sino que lo dejó en el camerino junto a su ropa de trabajo, la que ahora se mojaba y embarraba sin importarle ni un poco.
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